martes, 4 de diciembre de 2012

El siglo XIV

. La prosa en el siglo XIV.



El siglo XIV fue testigo de una importante crisis general que hizo tambalear los valores y las bases más elementales, tanto demográficas como económicas, políticas y religiosas, de la Edad Media. Crisis que, en este siglo, afectó especialmente al reino de Castilla, y que continuó durante el siglo siguiente en los reinos de Aragón y Cataluña.



La crisis demográfica fue provocada por las malas cosechas, la escasez de alimentos y el hambre. Esta carestía facilitó la propagación de las epidemias, entre las que se destaca la peste negra, y el descenso de la población fue inmediato. La reducción de la mano de obra campesina y de las tierras de cultivo, propició la lógica minoración de las rentas de los propietarios, la nobleza, que pugnaba frente a los monarcas y al clero por mantener una hegemonía política, terminando en más de una ocasión en una guerra civil, o la participación en conflictos bélicos de mayo dimensión, como fue la Guerra de los Cien años, junto a naciones como Inglaterra y Francia. El único reducto donde los ciudadanos buscaban una explicación a tantos acontecimientos negativos, la religión, también sufrió uno de sus cismas más importante, con la división de la iglesia entre dos Papas, uno en Roma y otro en Avignon, y hasta un tercero en territorio español, como fue Pedro de Luna.


En este siglo, donde la vida cotidiana era una auténtica aventura, aún se recogen los frutos de las bases sentadas por Alfonso X en el siglo anterior, y así la prosa que había sido desarrollada por la nobleza letrada y cortesana, se extiende a la más ruda y a parte de la campesina, lo que provoca una madurez importante de la lengua castellana, tanto en su expresión oral como escrita, con una ampliación del vocabulario utilizado y el nacimiento de escritores que son conciente de su calidad como tales dentro de la sociedad.

La literatura adquiere un carácter fundamentalmente doctrinal y moralizador. Aparecen importantes obras didácticas y religiosas como El libro de los gatos, el Regimiento de los príncipes, o el Libro de la justicia de la vida espiritual, otras de carácter histórico como la Gran Crónica de Alfonso XI, la Crónica de los veinte reyes o la Tercera Crónica General, y también obras de prosa de ficción como la Suma de historia troyana o libros de viajes como el Libro del conocimiento de todos los reinos que son por el mundo.


5.2. Don Juan Manuel.


La figura de don Juan Manuel tiene tanto interés literario como histórico. Señor de inmensos dominios, fue un noble de gran prestigio y poder. Nieto del rey Fernando III, hijo del infante don Manuel, y sobrino de Alfonso X, le dio una posición en el primer plano de la vida política de la España de su tiempo, y presencia en los acontecimientos políticos más importantes de una de las etapas más confusas de la historia del reino de Castilla.



Nace en Escalona en 1282. Huérfano muy temprano de su padre, su educación estuvo en manos de su madre doña Beatriz de Suabia, hasta que ésta murió en 1290. Fueron entonces sus ayos y educadores quienes tomaron el relevo en esta labor. Inició su vida pública a la temprana edad de los doce años, con la invasión en 1294 de los moros en Murcia, y a partir de ese momento no abandonaría nunca una existencia llena de luchas e intrigas políticas que le trajo más problemas que alegría con los distintos estamentos del poder; avatares como los ocurridos durante el reinado de Fernando IV, donde se agudizaron los problemas derivados del testamento de Alfonso X, y vio peligrar sus posesiones murcianas, o el acuerdo de boda con la hija de Jaime II, la infanta doña Constanza, a cambio de protección del rey de Aragón contra el rey de Castilla, boda que nunca se celebró, o las nuevas diferencias que surgieron con el rey de Castilla en el ataque a Granada en 1309, que le costó el castigo del Rey y el andar erra
nte por el reino de León hasta el perdón otorgado en 1311.



Tras muchas avenencias y desavenencias con los reyes, ya apartado de la vida política activa y retirado en su castillo de Garcimuñoz, muere el 13 de julio de 1348. Fue enterrado en el monasterio de frailes de Peñafiel, que fue fundado por él mismo en el 1318.


5.3. El Canciller Pedro López de Ayala.

El personaje histórico.



Pedro (o Pero) López de Ayala nació en Vitoria en 1332, hijo de don Fernán Pérez de Ayala y su esposa doña Elvira de Cevallos. Su educación fue confiada a su tío el obispo Pedro Gómez Barroso. Durante toda su vida compaginó su actividad en la vida política, social y diplomática del reino de Castilla, con su dedicación a la historia, la poesía y la prosa.


Su vida política activa comenzó a la edad de los veinte años, al servicio del rey Pedro I de Castilla, conocido como Pedro el Cruel o el Justiciero. Fue capitán de flota, hasta que apoyó a Enrique de Trastamara, posteriormente Enrique II de Castilla, en su rebelión contra su hermanastro Pedro I. En la batalla de Nájera cayó preso en manos del príncipe de Gales, Eduardo, conocido como el Príncipe Negro, siendo liberado a los seis meses a cambio de un rescate. La subida al trono de Enrique II le valió a Pedro López de Ayala diversos reconocimientos, como ser nombrado Alférez mayor del Pendón de la Banda (segundo teniente), Alcalde mayor de Vitoria y Toledo, y miembro del Consejo Real, además de posiciones y dominios del reino. Tras la muerte de Enrique II y la subida al trono de su hijo Juan I de Castilla, participó en la batalla de Albujarrota contra los portugueses en 1385, donde volvió a caer preso durante un año, siendo liberado a cambio de un rescate.



Tras su liberación, prosiguió su actividad política y diplomática en diversos frentes hasta el reinado de Enrique III, siendo en 1398 nombrado Canciller Mayor del reino de Castilla. Murió en Calahorra en 1407 a la edad de 75 años, y fue enterrado en el Monasterio de Quejana, donde existe al pie de su tumba un maravilloso retablo que da fe de ello.

La obra:

Una ajetreada vida político-social y la participación en más de un conflicto bélico no impidió a López de Ayala tener una fructífera dedicación literaria.

En el campo histórico fue cronista de los cuatro reyes a los que sirvió (Pedro I, Enrique II, Juan I y Enrique III) recogiendo todas sus crónicas bajo el título de Historia de los reyes de Castilla, aunque la del rey Enrique III quedara incompleta. También tradujo textos de autores de la antigüedad y contemporáneos en este campo.

Como poeta, se centra en su obra más conocida: el Libro Rimado de Palacio; un conjunto de más de 8.200 versos, la mayoría de ellos en Cuaderna Vía, donde realiza un análisis satírico y didáctico de las principales costumbres de su época, con una intención de crítica moral de las mismas, tanto en el mundo político, como social y religioso, utilizando un lenguaje irónico y no exento de humor, con un vocabulario que denota una gran cultura.

La prosa la ejerció en su Libro de la caza de las aves, donde recogió todo el conocimiento que en la época se tenía del arte de la cetrería, de la cual era un gran aficionado.

Pedro López de Ayala fue otro buen ejemplo del crecimiento y la expansión que comenzó en este siglo de una literatura mucho más elaborada y trabajada que en épocas anteriores.




La poesía a lo largo del siglo XIV sufre una transformación importante respecto a la desarrollada durante el siglo anterior, tanto en la forma como en el fondo. En la forma en la medida en que la cuaderna vía, aunque se sigue manteniendo como modelo de composición de las obras, da paso a otras formas poéticas. En el fondo en cuanto a que esa literatura didáctica, moralista y dogmática del Mester de Clerecía da paso, poco a poco, a una literatura mucho más personal de los autores -que empiezan a tener conciencia de que ser escritor es un oficio- donde reflejan sus pensamientos tanto morales, como políticos o religiosos. Otro cambio importante se da en el propio concepto de las obras, dejando a un lado aquellas obras enciclopédicas escritas en el siglo XIII, sustituyéndolas por obras con textos más reducidos y más concretos. Podríamos decir que en el siglo XIV se produce el declinar o la decadencia del Mester de Clerecía.

Aparecieron obras y autores de relevada importancia. Obras como la Vida de San Ildefonso, datada a comienzos del siglo y considerada el último ejemplo de literatura hagiográfica del Mester de Clerecía. Escrita por un ex-Beneficiado de Úbeda, consta de 1.074 versos que narran la vida y milagros de San Ildefonso. Otra obra importante fue el Libro de miseria de omne, datada en la primera mitad del siglo y que llegó a nosotros copiada en un códice del siglo XV; nos cuenta, en un tono pesimista, macabro e irónico, las consideradas principales miserias humanas.

Junto a Don Juan Manuel, al Canciller Pero López de Ayala y al Arcipreste de Hita (que tienen desarrolladas páginas específicas en esta web) existieron otros escritores que merecen ser nombrados, como Alfonso Álvarez de Villasandino (1345?-1425?), poeta gallego portugués que llevó una auténtica vida de juglar y nos dejó una extensa obra en verso, escrita tanto en gallego como en castellano, de redondillas, coplas de pie quebrado y villancicos, o el judío castellano Sem Tob (Iem Tob) de Carrión, del que apenas se tienen noticias de su vida, no más que fue rabino de su antigua comunidad judía de Carrión de los Condes, y que desarrolló su actividad literaria entre 1340 y 1360, dedicada en exclusividad a temas sentenciosos y morales, dejándonos como legado su poesía litúrgica (piyyutim), susProverbios morales y su obra Debate del cálamo y las tijeras, adoptando el arte literario hebreo de la magáma. Otra figura importante literaria de este siglo fue el propio rey Alfonso XI de Castilla y León, conocido como el Justiciero; figura eclipsada en la historia por la de su abuelo Alfonso X y la de su hijo Pedro el Cruel, pero que, tanto en el campo político como en el literario, ejercicio una función envidiable. A nivel político devolvió a Castilla el esplendor perdido, y literariamente escribió magníficos poemas, donde su historia de amor con Leonor de Guzmán seguro que influyó positivamente, y un Libro de la Montería, donde recogió todo el conocimiento sobre las castas de perros y lugares de cacerías reales.



En definitiva, podríamos decir que en el siglo XIV se produce un despertar en el mundo literario y, especialmente, en la poesía con la utilización de nuevas formas de composición.

5.5. El Arcipreste de Hita y su Libro de Buen Amor.


El personaje histórico.



"Yo, Johan Ruiz, el sobredicho arçipreste de Hita"

Los datos sobre la vida y personalidad de Juan Ruiz son bastantes escasos y se conocen sólo gracias a su obra. Sin embargo, debido a lo poco que se sabe de su vida y a la forma autobiográfica en que está escrita la obra, hacen que existan diversas opiniones sobre algunos aspectos de su vida y su obra; desde que el propio nombre del autor se trate de un seudónimo. No se ha podido probar documentalmente la existencia histórica de Juan Ruiz, que parece ser vivió en la primera mitad del siglo XV, aunque existen estudios (los profesores Emilio Sáez y José Trenchs, en el I Congreso Internacional sobre el Arcipreste de Hita) que lo identifican como un tal Juan Ruiz (o Rodríguez) de Cisneros (1295/96 - 1351/52), de la familia del Cardenal Albornoz, clérigo, hijo ilegítimo de un noble palestino llamado Arias González, cautivado por los moros en los últimos años del siglo XIII.



Tampoco es demasiado segura la designación de Arcipreste de Hita. Esta función o cargo debía de ser importante, pues Hita era en la Edad Media una villa destacada, clave defensiva entre las dos Castillas. Las dudas también aparecen tanto en sus fechas de nacimiento y muerte, como en su lugar de nacimiento (Toledo, Guadalajara...), aunque lo más seguro es que era natural de Alcalá de Henares...



"senbré avena loca ribera de Henares..."

"Fija, mucho os saluda uno que es de Alcalá".



Pero quizá lo más debatido de la vida de Juan Ruiz por los estudiosos es su estancia real o no en la cárcel. Tanto al comienzo del libro como al final, el poeta alude con insistencia a la "prisión" en que se encuentra. El copista salmantino Alonso de Paradinas, de uno de los tres manuscrito que se conserva de el Libro de Buen Amor, escribe como colofón del libro "Este libro del Arcipreste de Hita, el qual compuso seyendo preso por mandado del Cardenal don Gil, Arçobispo de Toledo". Este hecho hace sospechar que el encarcelamiento de Juan Ruiz fue real y físico, aunque hay autores que defienden el simbolismo de esta prisión, aunque esta última hipótesis no parece ser la más cierta.



En definitiva, un personaje del cual conocemos mucho más de su obra que de él mismo, que al fin y al cabo es lo que quiso que fuera, o no quiso; ya nada de eso importa.






El Arcipreste de Hita

La obra:



Es indudablemente el Libro de Buen Amor una de las joyas de la literatura medieval española, que encierra en sí misma todo el misterio y la belleza de ese oscuro momento de la historia. Es una pena que el texto que ha llegado a nuestras manos sufriera en su camino la pérdida de algunas de sus páginas, que fueron probablemente mutiladas antes de su primera publicación, por razones de moralidad. Su primer editor, Don Tomás Antonio Sánchez, suprimió muchas estrofas de esta obra enmarcada en el momento histórico del Concilio IV de Letrán, donde se abarcan los diferentes problemas del clero en el siglo XIV, y especialmente lo que, a los ojos de Roma, era una mala costumbre: la situación amorosa de la clerecía castellana.



El Libro de Buen Amor es un relato amoroso escrito en forma autobiográfica y lleno de gran originalidad, divido en tres partes argumentales: En la primera de ellas se narran las aventuras amorosas del protagonista narrador, en las que fracasa por inexperiencia y por desconocimiento de las normas del amor cortés. En la segunda parte, durante un sueño, el Amor se le aparece al protagonista y le da una larguísima lección sobre las leyes del amor, los preceptos de urbanidad y cortesía y la necesidad de disponer de una alcahueta fiel y astuta. Y la tercera parte cuenta las aventuras extramatrimoniales del narrador, con un extenso y variado panorama de las diferentes clases de mujeres que pueden ser conquistadas.



Juan Ruiz, utilizando otras fuentes escritas (libros de liturgia, sermonarios, literatura de exemplos, fábulas de Esopo, ...), como era costumbre del Mester de Clerecía, elabora un texto con un estilo totalmente único, lleno de personalidad, con un lenguaje vivo y humorístico, y con un vocabulario muy rico. Todo un placer literario para las almas que creen que, como decía Catón, Nadie vive sin pecado; o como el propio Juan Ruiz nos dice...



Pues, aunque su signo sea de tal naturaleza,

como es este mío, dice una escritura

que "buen esfuerzo vence a la mala ventura",

y "a toda pera dura el tiempo la madura".

LA COPLA DE PIE QUEBRADO


La copla de pie quebrado es el nombre que se le da a cualquier tipo de estrofa compuesta por versos octosílabos combinados con versos tetrasílabos. 
El pie o metro “quebrado” es el que se queda a la mitad, partido. La estrofa podía tener muchas variantes en la distribución de las rimas y en la situación del pie quebrado, ha sido utilizada en diversas épocas de la literatura española, y se encuentra ya en el ‘Libro de buen amor’ del Arcipreste de Hita.


Sin embargo, el momento de mayor apogeo de esta estrofa fue durante el siglo XV, y la forma más conocida, empleada con maestría en versos inolvidables por Jorge Manrique, está en sus Coplas a la muerte de su padre. Por ello a la copla de pie quebrado se la conoce también con el nombre de “estrofa manriqueña” o “sextilla manriqueña”.


La copla manriqueña es una doble sextilla de tercetos simétricos en los que a dos octosílabos sigue un verso corto (el pie quebrado) que puede ser tetrasílabo, o pentasílabo si es posible hacer sinalefa con el verso anterior o éste finaliza en sílaba aguda. En estos casos, se produce una compensación silábica.


La doble sextilla manriqueña presenta la siguiente disposición de las rimas: 8a8b4c8a8b4c – 8d8e4f8d8e4f. Esta combinación métrica pudo ser usada por primera vez por Juan de Mena y otros poetas castellanos, pero fue Manrique quien la elevó a la máxima categoría.


Después, la estrofa manriqueña fue admirada y llevada al papel por los románticos, como Zorrilla y Espronceda, y por los modernistas, como Rubén Darío o la Generación del 27 con Alberti... Hasta llegar a nuestros días, cuando muchos poetas se aprovechan del ritmo especial que impone el pie quebrado.


Rubén Darío ensaya una divertida ‘Canción de Carnaval’ para celebrar el apogeo del gozo y del placer con dos variantes del pie quebrado (8a8b8a4b y 8a8b8b4a):


Musa, la máscara apresta,

ensaya un aire jovial

y goza y ríe en la fiesta

del Carnaval.

Ríe en la danza que gira,

muestra la pierna rosada,

y suene, como una lira,

tu carcajada.


Que él te cuente cómo rima

sus amores con la Luna

y te haga un poema en una

pantomima.


Una de las muestras más recientes de empleo de la copla de pie quebrado manriqueña es la que emplea el cantautor Joaquín Sabina en su crítico poema “Sudacas de pie quebrado”.


Por fin en El Salvador
ganan unas elecciones
los de abajo,
la lava lava mejor
en un volcán de erupciones
a destajo.

Hugo, ¿por qué no te callas?
porque quien no disimula
compra un voto,
Barack abre la muralla
dándose el pico con Lula
(pie de foto).

El consorte de Cristina
se pasó a los generales
por el orto,
¿Y Managua? Una ruina
Sandino sin Cardenales
y antiaborto.

La guerra de Calderón
contra el narco siembra balas
y muñones,
urge legalización,
la ley seca infló las alas
de Al Capone.

Lugo el cura en Paraguay
y en La Paz un indiecito
con jersey,
frente amplio en Uruguay,
Rafael Correa en Quito
¿y Camagüey?

Siguen los hermanos Castro
vendiendo cara su piel
a la gringada,
ayer me compré en el Rastro
una boina de Fidel
apolillada.



Pero qué mejor manera de acabar este repaso si os dejo con los inmortales versos del comienzo delas ‘Coplas’ de Jorge Manrique, tal vez la mejor muestra de copla de pie quebrado:

Recuerde el alma dormida,

avive el seso y despierte,

contemplando

cómo se passa la vida,

cómo se viene la muerte

tan callando;

cuán presto se va el plazer,

cómo después, de acordado,

da dolor;

cómo, a nuestro parescer,

cualquiera tiempo passado

fue mejor.

martes, 27 de noviembre de 2012

APUNTES SOBRE POÉTICA



MÉTRICA, ESTROFAS Y RECURSOS LITERARIOS 

1. MÉTRICA

La Métrica es el arte de medir los versos y combinarlos de manera que produzcan,   al leerlos o escucharlos, efectos de ritmo y belleza. La Métrica también es la ciencia que estudia la versificación. 

En la poesía tradicional, los versos están compuestos de acuerdo con unas reglas. Actualmente, y durante gran parte del siglo XX, muchos poetas han compuesto sus poemas  con gran libertad, es decir, sin tener en cuenta las reglas de la Métrica. 

El verso: Corresponde a cada una de las líneas que componen el poema y se ajusta  a un número determinado de silabas (medida) y a un ritmo (cadencia). 
La sílaba es el conjunto de fonemas pronunciados en un solo golpe de voz. 

Existen dos tipos de sílabas, las gramaticales y las rítmicas, siendo las primeras propias de la 
lengua y las rítmicas de la poesía. 

Gramatical: Yo per-si-go u-na for-ma que no en-cuen-tra mi es-ti-lo. 

Rítmica: yo-per-si-gou-na-for-ma-que-noen-cuen-tra-mies-tilo. 

Rubén Darío, “Yo persigo una forma...”, Prosas Profanas. 

La escansión es la pronunciación separada de sílabas rítmicas para su medición. 

Realizar la escansión (“escandir”) o efectuar el cómputo silábico es medir el número de sílabas, lo que da como resultado el metro o medida del verso. 


Reglas métricas (para efectuar el cómputo silábico): 

-Los signos de puntuación no afectan al cómputo silábico.
-Si el verso termina en palabra llana, se tiene en cuenta el mismo número de sílabas resultante del cómputo. “Y cuando llegue el día del último viaje”, 14 sílabas (Antonio
Machado, “Retrato”, Campos de Castilla): 

-Si el verso termina en palabra aguda, se suma una sílaba al resultado del cómputo.
“Casi desnudo, como los hijos de la mar”, 13 + 1 sílabas (Ídem). 

-Si el verso termina en palabra esdrújula, se resta una sílaba al resultado del  cómputo.
 “Adoro la hermosura, y en la moderna estética”, 15 – 1 sílabas (Ídem). 


Licencias métricas o poéticas: Existen determinadas convenciones para escandir un  verso escrito en lengua española. Son licencias o permisos especiales que se utilizan a la  hora de medir los versos cuando estos han de encajar en un número determinado de sílabas.
-Sinalefa: Unión silábica de dos vocales que resulta del contacto entre dos palabras  de un mismo verso (el final de una palabra y el comienzo de la próxima palabra). 
Ni los signos de puntuación ni las pausas que estos señalan se oponen a la realización de la sinalefa. Se usa para conseguir regularidad métrica en los versos, esto es, que encajen en un  determinado número de sílabas (La dialefa se da cuando no se lleva a cabo una sinalefa). 

Abril, sin tu asistencia clara, fuera
Invierno de caídos esplendores;
Mas aunque abril no te abra a ti sus flores,
Tú siempre exaltarás la primavera. 
 
a-bril-sin-tua-sis-ten-cia-cla-ra-fue-ra 11
in-vier-no-de-ca-i-dos-es-plen-do-res 11
mas-aun-quea-bril-no-tea-braa-ti-sus-flo-res, 11
tu-siem-pree-xal-ta-ras-la-pri-ma-ve-ra. 11
Juan Ramón Jiménez, Sonetos espirituales. 


-Sinéresis: Unión de dos vocales que están en hiato para crear una sola sílaba. 

Con la faz pintarrajeada. 

con-la-faz-pin-ta-rra-jea-da. 
Rubén Darío, “Canción de carnaval”, Prosas profanas. 


-Diéresis: Ruptura de un diptongo para crear dos sílabas independientes en una misma palabra.
 
Cantando vas, riendo por el agua.
can-tan-do-vas-ri-en-do-por-el-a-gua.
Juan Ramón Jiménez, “Criatura afortunada”, JRJ en Cub

viernes, 16 de noviembre de 2012

Más sobre minimalismo


ACERCA DEL MINIMALISMO, por Julio Carabelli

Julio Carabelli
Osvaldo Picardo dice -en “partes mínimas y otros poemas”, libro de Esteban Moore-: “Cuando leemos este libro, viene, una vez más, la pregunta obligada acerca de cómo se forma, en nosotros, la idea de lo mínimo o, mejor aún, qué cosa no lo es. La manifestación de lo mínimo en una época de grandezas excluyentes y arrogantes, impone una nueva mirada en que la nimiedad de la grandeza se opone a la grandeza de lo mínimo”.  Es un excelente pensamiento para comenzar a dar a conocer particularidades de este movimiento poético que se puede sintetizar, a mi entender, en seis propuestas básicas:
1. Trabaja sobre lo marginal, sobre seres o sobre la propia marginación.
2. Inserta el diálogo o el parlamento e insiste en el verso libre como principio de libertad.
3. Cuenta una historia de la que surge tanto la queja, la denuncia, como la ternura.
4. Usa el lenguaje corriente, con los ritmos del lenguaje norteamericano.
5. Se apoya en elementos domésticos aparentemente antipoéticos.
6. Se basa en lo no dicho para crear el efecto poético posterior.
Esta propuesta atrajo a Joyce, Pound, D. H. Lawrence, Eliot, Williams, Stevens y Marianne Moore entre otros grandes escritores de esa época, pero fue la Segunda Guerra Mundial la que movió a los jóvenes poetas norteamericanos admiradores de Williams Carlos Williams, E. E. Cummings y Ezra Pound a admitir otra concepción del Hombre y de su propia sociedad.
Me permitiré decir que el minimalismo, como estructura, existió antes que naciera el minimalismo como  movimiento o voz de una generación, es decir, antes de que los poetas neoyorquinos y los californianos, se reunieran en San Francisco, en 1956, para la primera lectura colectiva y pública de su obra.
Allen Ginsberg
Allí y en ese año se funda lo que luego se llamaría la ” (Beat como equivalente de beatífico). Kenneth Rexroth fue uno de los mentores, pero los poetas fundadores de la poesía Beat fueron, entre otros, William Burroughs, Gregory Corso, Lawrence Ferlinghetti, Allen Ginsberg, James Harmon, Jack Kerouac, Philip Lamantia, Michael McLure, Peter Orlovsky, Kenneth Patchen, Philip Whalen y Gary Snyder, unidos por el afán de subversión ante el sistema y ante la hipócrita decencia de las clases altas y medias de la sociedad norteamericana.
En la narrativa se pueden mencionar no pocas obras de estos poetas. “En el camino” o “Los vagabundos del Dharma” de Jack Kerouac, “El almuerzo
Gary Snyder
desnudo” de Willian Burroughs y los cuentos de Raymond Carver. La poesía de los EE.UU. en el transcurso del Siglo XX se nutrió de la obra de Emily Dickinson, Edgar Allan Poe, Henry Miller, Herbert Marcuse, Federico García Lorca, Artaud, Mayacovsky  y Walt Whitman entre
Gregory Corso
otros. Los poetas Beat  los reconocen como sus padres y suman a Edgar Lee Master, autor de la Antología de Spoon River, a William Carlos Williams y al agnosticismo del budismo-Zen.
Jack Kerouac
Se diferencian de la poesía contestataria ya que al modelo de vida, planificado y masificado, lo critican con los mismos argumentos de la izquierda, pero sin ofrecer panaceas, soluciones o las esperanzas que proponía la poesía social de los sesenta:
“Yo no vine aquí a resolver nada. / Vine a cantar / y para que cantéis conmigo”. Dice Ginsberg en los últimos versos de “Medianoche del 1ro de Mayo en Manhattan” y en “Protesta por la Paz” reitera:
Kenneth Patchen
“Flotan cúmulos a través del cielo azul
 sobre las blancas paredes de la fábrica de la Rockwel
      Corporation
                           -¿acaso yo voy a detener eso?”
Con seguridad son los poetas sociales y los  beatniks los poetas esperados por Whitman cuando dice:
¡Poetas del futuro! ¡Oradores, cantores, músicos venideros!
No es éste el día de mi justificación, ni el de explicarme ni explicar lo que represento,
pero vosotros, una nueva estirpe, atlética, continental, grandiosa como nunca.
¡Surgiréis! Porque debéis justificar lo que yo canto.
Kenneth Rexroth
En 1961, en San Francisco, se publica el Journal For de Protection of All Beings, editado por alguno de “los vagabundos del Dharma” descriptos por Kerouac, como Lawrence Ferlinghetti, William Burroughs, Gregory Corso, Peter Orlovsky y Michael McClure. En dicha antología ya se hablaba de la interdependencia y la ecología. Los personajes de sus poemas son agudos analistas que anteponen el cuerpo de quien escribe por encima de las instituciones o espacios como la familia o la sociedad, asesinando censuras sin más autocensura que la dictada por el estilo. No reconoce ni se impone reglas, siendo puente entre el nuevo creador y su forma de decir que se proyecta y se lanza a la sociedad para denunciar la degradación de la belleza y la mentira de sueño americano.
Lawrence Ferlinghetti
Rodolfo Alonso, al comentar el libro “Desocupado y más poemas” de Raymond Carver, dice: “No es apenas la rebeldía encarnada en el gesto de oponerse en nombre del ocio presuntamente creador a la deletérea uniformidad masificante de la sociedad de consumo, sino el milagro de haber revelado, hecho posible desde las mismas entrañas de esa cultura básicamente a-poética y que hoy asola ya a todo el planeta, la posibilidad de un lirismo concreto, carnal, desinhibido pero tierno, a la vez tan desdichadamente moderno – por las condiciones anafrodisíacas que lo envuelven- y también tan raigalmente clásico, en el buen sentido, por cuanto vuelve y nos devuelve (desde su propio tiempo, como debe ser) a las fuentes del mejor lirismo occidental”.
Michael McLure
La crítica que surge en nuestro país hace hincapié (sobre todo) en el lenguaje desenfadado de esta escuela que tiene en la Argentina pocos, pero buenos representantes. No tiene el movimiento intención alguna de hacer “listas negras” de palabras que con el uso (ver Cortázar) han perdido hasta el significado, pero prefieren no usarlas.
Afirma Octavio Paz: “El universo verbal del poema no está hecho de los vocablos del diccionario, sino de los de la comunidad. El poeta no es un hombre rico en palabras muertas, sino en voces vivas. Lenguaje personal quiere decir lenguaje común revelado o transfigurado por el poeta. El más alto de los  poetas herméticos definía así la misión del poema ”. (El Arco y la Lira, lengua y estudios literarios, Fondo de Cultura Económica).
Peter Orlovsky
Casi todos los poetas Beat parecen seguir lo dicho por Michel Butor contestando a André Bretón: “el objeto de la poesía, su acto mismo, es la salvación del lenguaje corriente”, luego recuerda aquellos poemas conversaciones de Apollinaire construidos con fragmentos de charlas oídas al azar. Ambos  tienen historias breves, coloquiales, incluyen objetos cotidianos, sus temas se sumergen en la marginalidad y el lenguaje es escabroso cuando no agresivo sin perder lo estético y el lirismo que caracterizara a Williams C. Williams.
Los poetas Beats, con su diversidad estética; con la carga de adjetivos que pasaban por el nihilismo hasta desembocar en la drogadicción; con esa
Philip Lamantia
filosofía que Kenneth Rexroth, refiriéndose a sus obras hablaba  de El arte de la desafiliación; con toda su independencia y su furia, participaron activamente con el Movimiento por los derechos civiles, contra la guerra de Vietnam y en defensa de la libre expresión compartiendo con el Flower Poweer, el Movimiento Hippie y con los universitarios, o sea con el público que los aplaudía, la búsqueda de otros valores en ámbitos extraliterarios, coherentes con su arte que persigue claramente la modificación de los valores que imponía la sociedad norteamericana como inmutables y sagrados. Dice Marcos Ricardo Barnatán: “Jack Kerouac fue uno de los que asumió la defensa del movimiento Beat con mayor energía:
Philip Whalen
Son los estudiantes de Harvard quienes en 1954 contribuyen a la publicación de los primeros poemas de Corso, en medio de las, a veces solapadas y en mayor medida, ácidas críticas que despertaba el movimiento que, sin proponérselo, daba otro sentido, una nueva imagen, de la que tenía entre la gente la palabra Poeta.
La historia se repite y nada nuevo sucede con los poetas de la ya que antes había sucedido con los surrealistas, para no ir muy lejos con las muestras, pero la historia del arte está plagada de ejemplos. Todos aquellos que rompen con modelos instituidos o convencionales sufren esa inercia de la historia, ese rechazo ante lo
Raymond Carver
nuevo o desconocido ya que es parte de la índole humana y ese rechazo lo sufrieron, para citar algunos, Darío, Joyce, Kafka, Mozart, Picasso, Vallejo, y todos los creadores que innovaron, abriendo nuevos caminos, enriqueciendo el mensaje que la Humanidad traslada a través de la  Historia. Veamos algunos ejemplos que nos brinda Octavio Paz:
“La creación poética se enfrenta siempre a la resistencia de lo inerte y horizontal. Esquilo padeció la acusación de oscuridad. Eurípides era odiado por sus contemporáneos y fue juzgado poco claro. Gracilazo fue llamado descastado y cosmopolita. Los románticos fueron acusados de herméticos y decadentes. Los modernistas se enfrentaron a las mismas críticas. La verdad es que la dificultad de toda obra reside en su novedad”, (de El Arco y la Lira, lengua y estudios literarios, Fondo de Cultura Económica).
William Burroughs
“El arte no debe sujetarse a nada” escribe Lawrence Ferlinghetti y los poetas teorizan, hablan de filosofía, de religión y de política; se involucran en la problemática de la sociedad que rechazan con un sentimiento místico y rebelde al mismo tiempo, y es que ningún escritor puede regodearse en el floreo del lenguaje manteniéndose ajeno a una realidad que siempre reclamará de él otro “posible”. Si lo hace es un cómplice. Y tampoco se trata de circunscribir la literatura a la militancia porque es perder la condición de escritor. Sartre, en Qué es la Literatura, escribía: ”En la literatura comprometida el compromiso no debe, en modo alguno, inducir a que se olvide la literatura”
Williams Carlos Williams
Los poetas de la “” no aceptan convencionalismos e, inmersos en una sociedad politizada y mercantilista, rechazan a los partidos políticos. Si bien esgrimen los argumentos de la izquierda, ven al socialismo como un movimiento más en el cual descreer. Todo parece tan efímero como el arte mismo, y “tal vez lo efímero sea lo mejor del arte” agregaría Jorge Luis Borges.
Existe en nuestro medio poético, muy influenciado por la poesía española y en menor medida por la italiana o la francesa, una absurda descalificación de los poetas de la   y de aquellos que, en nuestro medio, escriben (conscientemente o no) bajo su influencia. Es deseable pensar que tal vez las pésimas imitaciones, el uso abusivo y fuera de contexto de ciertos vocablos, contribuya en desmedro de los poetas minimalistas ya que cuando se habla de ellos se buscan subterfugios o se los “honra” con alguna justificación de por medio. Existen quienes desde el paleolítico rechazan ciertas palabras y hasta el verso libre (tal vez años ha hubieran rechazado a Baudelaire, Darío, Joyce o Vallejo) señalando que los poemas de estos creadores podrían escribirse en forma de prosa (como si ello restara mérito).
Ciertos críticos y muchos poetas deberían saber que a pesar o a causa de su marginalidad, estos poetas conocían la obra de sus antecesores y sus contemporáneos: las de Lorca, Artaud, Mayacovsky, Poe y Whitman como pocos. Ellos abrevaron de varias fuentes, rompieron y crearon, tal vez lo que no se les perdone es haber quebrado preceptos establecidos. Allen Ginsberg al hablar sobre Lamantia lo considera heredero de Poe y Whitman, por eso insisto en que hay ignorancia o suspicacia en determinadas apreciaciones. Los escritores deben estar abiertos a todas las vertientes por donde fluye el arte, las mentes amplias saldrán enriquecidas gustando de las obras o no, estando de acuerdo o no en lo conceptual. El rechazo o la excesiva prudencia ante lo nuevo es una actitud demasiado repetida, incomprensible en el campo del arte que es tan necesario como el pan; el arte libera y por lo mismo no debe sujetarse a la moda ni a la moralina reinante. Tal vez habría que hablar de Catulo o de Quevedo, pero bastante más cercanos los imaginistas decidían: emplear el lenguaje de todos los días. Charles Bukowski, (tomando al realismo sucio como una vertiente del movimiento minimalista) como otros, usa las mal llamadas “malas palabras” frase que puede servir para las escuelas primarias o como argumento a determinados/as versificadores/as amantes de tertulias en las que se multiplican la estrella, la rosa y la luna como el grano de arroz sobre el tablero de ajedrez. Todo arte es subversivo, no debe haber evasión por medio de la palabra, los escritores lo saben y luchan, intentado los caminos posibles o quiméricos, empleando o no un áspero lenguaje, para que la humanidad no tenga necesidad de usar las verdaderas “malas palabras” como lo son: Desocupación, Guerra, Hambre o Injusticia.
Julio Carabelli
Julio Carabelli

Oh, es?


La literatura minimalista se caracteriza por la economía de palabras.


Los autores minimalistas evitan adverbios y prefieren dictar contextos sugerir significados.


Es de esperar los lectores de una participación activa en la creación de la historia, porque debe "elegir un lado" sobre la base de consejos y sugerencias, en lugar de representaciones directas.


Los personajes de historias minimalistas tienden a ser trivial, común, inexpressivas, nunca rico o famoso detective fabuloso. En general, las historias son fragmentos de la vida.

La raíz de la literatura minimalista de América es obra de Ernest Hemingway, uno de los mejores ejemplos de este estilo es su "Hills Like White Elephants"


. Como Hemingway nunca se describe el terreno de juego que es cuando el personaje habla, el lector se ve obligado a interpretar que sobre la base de la respuesta. Por otra parte, aunque el paisaje es una parte integral de una historia, nunca se explica en el minimalismo.




El nombre más asociado con la literatura minimalista, sin embargo, es la de América del Norte Raymond Carver. En las historias de muy pocas líneas, se captura la vida del autor a través de ángulos y personajes sencillos, que inesperadamente se convierten en hechos y cifras inusuales, misteriosos, mentirosos.




En Brasil ha crecido mucho la producción de minicontos (o microcontos), el género asociado con el minimalismo. En este sentido el trabajo "Oh, ¿es?", Publicado por Dalton Trevisan en 1994, es considerada la obra maestra de estilo minimalista.




En 2004 el escritor Marcelino Freire decide radicalizar y lanza el libro Os Cem Menores Contos Brasileiros do Século, en la que invita a cien autores para escribir historias de un máximo de 50 cartas (sin contar el título y puntuación).

    El cuento más breve del mundo


    El cuento más breve del mundo

    Por Eduardo Berti


    Hace pocos meses (en noviembre de 2006) la revista Wired convocó a un treintena de escritores norteamericanos, en su mayoría de ciencia ficción, y les pidió que escribiesen un cuento de apenas seis palabras, tomando como ejemplo un micro-relato de Ernest Hemingway cuyo texto completo dice en inglés “For sale: baby shoes, never worn” y que, según parece, el autor de Los asesinos tenía por una de sus obras maestras.

    La repuesta fue entusiasta y todos cumplieron la premisa, salvo el desobediente Arthur C. Clarke, que escribió un larguísimo cuento de diez palabras. Algunos entregaron más de un texto, como Margaret Atwood. Abundaron los cuentos de tinte político (alusiones directas a Bush y a Irak), y hasta hubo perlas: Steven Meretzky propuso “Muy confundido, leyó su propio obituario” (He read his obituary with confusion); Bruce Sterling escribió “Era muy caro seguir siendo humano” (It cost too much staying human), y Ben Bova puso “Salvó al mundo volviendo a morir” (To save humankind he died again), los que podrían ser, además, brillantes inicios de novela. En cuanto a la ya mencionada Atwood, empleando una audaz elipsis jugó con la lógica secreta que vincula dos hechos o noticias: “Hallan cadáver incompleto. Médico compra yate” (Corpse parts missing. Doctor buys yatch).

    En sus cuentos más ortodoxos, Hemingway ya había dado muestra de su capacidad sintética y de su economía expresiva. Su “A Very Short Story”, para muchos una versión reducida y avant la lettre de Adiós a las armas, tiene tan sólo 767 palabras en inglés pero, pese al título, no es su relato más corto: “A Banal Story” tiene 634, y el más breve de sus cuentos, exceptuando los intertextos de In Our Time (1925), acaso sea “The Revolutionist”, que no llega a las quinientas palabras.

    Un buen ejemplo de cómo trabaja Hemingway es “Hills Like White Elephants” (Colinas como elefantes blancos), cuya intriga se reduce a un diálogo entre dos personajes acerca de una operación médica, nunca explicitada. El lector deduce, o no, que la chica está embarazada y que el hombre la presiona para que el bebé no nazca. La palabra clave (aborto) jamás es puesta en boca de los personajes ni tampoco mencionada por el narrador.

    “Vendo zapatos de bebé, sin usar” es, en este sentido, digno de Hemningway. Lo omitido (¿otro aborto?) queda resonando en la mente del lector. No estamos ante una novela, o ante un cuento tradicional, donde una lectura gradual nos irá respondiendo los interrogantes: ¿Quién vende los zapatos? ¿Por qué los vende? ¿Por qué están sin uso? ¿Ha ocurrido algo con el bebé? ¿Qué ha ocurrido?

    En el minicuento de seis palabras adjudicado a Hemingway nos hallamos ante un hecho presente (el aviso que “ocupa” todo el relato) pero asimismo ante un hecho pasado que obra de dato escondido. Estamos a un paso de la tan citada “Tesis del cuento” de Ricardo Piglia. “Un cuento siempre cuenta dos historias”, concluye Piglia, para quien todo cuento es un relato que encierra un relato secreto.

    En “Vendo zapatos de bebé, sin usar”, lo mismo que en buena parte de la llamada microficción, los procedimientos que hemos mencionado (la omisión deliberada, la tesis de los dos relatos simultáneos) son llevados a un extremo. Todo está, en este caso, “fuera” del texto. O “fuera de campo”, como dicen los directores de cine cuando la acción no es registrada por la cámara.
    Hasta la canonización o (siendo menos tajantes) la popularización del cuento adjudicado a Hemingway, dos textos se repartían el privilegio de ser considerados como “el cuento más breve del mundo”. Uno tiene siete palabras, el otro dieciséis. Es decir que Hemingway les ganó a ambos en brevedad.
    Aunque parezca imposible, circulan en libros y en antologías cuentos todavía más breves. Luisa Valenzuela escribió uno de apenas dos palabras (“Que bueno”, así, sin acentos ni signos de exclamación) aunque se apoyó en un título provocadoramente extenso (“El sabor de una medialuna a las nueve de la mañana en un viejo café de barrio donde a los 97 años Rodolfo Mondolfo todavía se reúne con sus amigos los miércoles por la tarde”); Aloé Azid ha postulado un cuento de una sola palabra (“Yo”) y cuyo título es “Autobiografía”, pero la cosa no excede de una broma muy ingeniosa, ya que en su caso no se puede hablar de “acción” ni de relato.

    Cierto consenso ha establecido que entre nosotros, lectores de lengua española (e incluso entre el lectorado europeo, un poco a la sombra de Italo Calvino), el cetro de “cuento más breve” recayese en “El dinosaurio” del guatemalteco Augusto Monterroso: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía seguía allí”

    En la tradición de la microfiction norteamericana, por su parte, por años se ha estimado que “el cuento más breve del mundo” era un celebrado texto de Fredric Brown: “The last man on Earth sat in a room. There was a knock on the door.” (El último hombre sobre la Tierra está sentado a solas en una habitación. Llaman a la puerta), en verdad una reescritura de “Mensaje” de Thomas Bailey Aldrich (“Una mujer está sentada sola en una casa. Sabe que no hay nadie más en el mundo: todos los otros seres han muerto. Golpean a la puerta”), incluido en la famosa Antología de la Literatura Fantástica, de Borges, Bioy Casares y Silvina Ocampo, y adjudicado a Borges por algunos estudiosos de la obra de Bailey Aldirch.

    Durante décadas se ha afirmado que la microficción en castellano (Arreola, Denevi, Piñera, Valadés, etc) lograba textos más breves que la llamada sudden fiction o flash fiction norteamericana. Aunque esto ha dejado de ser tan así en los últimos tiempos, es cierto que las antologías norteamericanas consagradas al “cuento hiperbeve” incluyen textos de hasta 750 palabras, cuando en castellano el límite suele rondar las 300 o, como máximo, 500 palabras.


    Lo peculiar del minicuento adjudicado a Hemingway no es tanto que haya desafiado esta idea establecida (y que el “cuento más breve del mundo” sea ahora norteamericano, ya no latinoamericano), como que, a diferencia del de Monterroso y el de Fredric Brown, estemos en presencia de un texto no fantástico, sino más bien realista. El dato no es menor porque, usualmente, suele repetirse que el formato hiperbreve le sienta mejor a los textos fantásticos o, al menos, de índole extraordinaria: casos muy curiosos, hechos sorprendentes.

    Irving Howe, especialista en microfiction, escribió que “los escritores que hacen cuentos breves tienen que ser especialmente audaces” porque “apuestan todo a un golpe de inventiva” La argentina Ana María Shua, una de las mejores cultoras del microcuento en la actualidad, ha dicho que “las minificciones tienden en su mayor parte al género fantástico, en parte porque se les exige provocar algún tipo de sorpresa estética, temática o de contenido, ya que el sutil desarrollo de climas o personajes son casi imposibles”.

    Ambos tienen razón si se piensa en la microficción en su conjunto. Lo más extraordinario del cuento de Hemingway (si realmente es de Hemingway) acaso no sea, por lo tanto, su cortísima extensión, sino el hecho de que consiguió instalarse en lo alto del podio de la brevedad encarnando, en cierto aspecto, una excepción a dos r



    Minimalismo


    Minimalismo, las ganas de desaparecer: Gonzalo Millán.


    Oscar Galindo V.
    Universidad Austral de Chile, Instituto de Lingüística y Literatura, Valdivia. e-mail: 



    Como es conocido, el "minimalismo" surge a mediados de los años sesenta como reacción frente al subjetivismo, poniendo en su lugar un arte definido por su carácter preconcebido, rigor conceptual y simplicidad. En la plástica, el minimalismo se define por el uso de colores puros, superficies inmaculadas, formas simples, precisión y geometrismo, y, contradictoriamente, la utilización de materiales industriales de manera neutral (Mondrian). En música, define la producción que funciona a partir de materiales sonoros limitados o mínimos (Erick Satie es un ejemplo sobresaliente).

    En términos literarios, sitúa una estética de la miniatura expresada en poéticas personales que alargan el proceso de recepción más allá de la lectura (Raymond Carver). Se trata de un tipo de escritura que abandona la adjetivación y recurre a temas aparentemente pueriles casi siempre citadinas, como si las únicas frases verdaderas fueran las tautológicas.

    En este contexto, la poesía, para Millán, implica fundamentalmente una ruptura de la noción de analogía y, por ende, de la metáfora como principio constructor del poema. En su perspectiva, el poeta se convierte en un manipulador semiótico de materiales verbales. No obstante, es conveniente insistir en algunos planteamientos que ha desarrollado en torno a la concepción de una "poesía objetiva", nombre de por sí discutible como el mismo poeta intuye5, pero, como es habitual, importa el contenido que el escritor le da a esta propuesta como base para comprender los mecanismos de producción que habitan sus poemas.


    La noción de "poesía objetiva" supone no la representación "realista" del extratexto, sino por el contrario considerar que el lenguaje mismo es el único referente a que puede apelar la escritura. Esta poética se caracterizaría por:
    a) primero, la neutralidad del hablante que se distancia de la perspectiva romántica de expresión que persistiría hasta los cincuenta en el contexto de la poesía chilena;
     b) la poesía como operación sobre el lenguaje y no sobre los referentes extratextuales o reales; en otras palabras, metapoesía;
     c) el eclecticismo semiótico, es decir, la aceptación de la cultura contemporánea como un escenario en el que se entrecruzan múltiples sistemas comunicativos y artísticos desjerarquizadamente.


    Poesía objetiva en la medida en que al prescindir de la intermediación del sujeto romántico, aflora una mirada que surge de las relaciones entre los propios elementos textuales más que de las relaciones del texto con el sujeto autobiográfico o con la realidad extratextual. Una buena explicación de lo que Millán entiende por poesía objetiva es la siguiente:

    Poesía objetiva por su preferencia por lo que está ante uno, lo concreto, y por su carácter impersonal, distante, neutro; por el empleo de ese hablante que no vierte directamente sus afectos y sentimientos ni tampoco enjuicia ni comenta. Poesía objetora de una concepción romántica y simbolista de la poesía. Objetora también respecto a la ética tradicional ya que frente a la vergüenza y el pecado reivindica los tormentos y placeres de la sensorialidad, la visible maravilla y el horror de cada día. Poesía que opone a la pureza bella, la imperfección, y a la trascendencia, la materialidad terrestre. Poesía austera en cuanto a la calidad y cantidad de las imágenes que emplea, de la diferencia antes que de la analogía (Chihuailaf y Eytel 1985: 17).

    Se trata de poner en el centro de la escritura la noción de crisis del sujeto y, por consiguiente, de la poesía como expresión de una subjetividad, a cambio de la neutralidad. El problema, por cierto, no es nuevo en la lírica moderna, en la que coexiste junto a una visión hipertrofiada del sujeto romántico, su contrapartida, la neutralidad hablante. El tema es viejo y resulta innecesario, al menos desde Mallarmé hasta nuestros días, detenerse a demostrarlo. Lo que vuelve interesante la poesía de Millán es que trabaja con un escenario cotidiano y personal, que él mismo percibe como espacios micropolíticos, a propósito de sus trabajos en el terreno de la plástica, pero que en rigor no son distintos de los escenarios de libros como Vida (1984).


    Aunque la referencia a objetos cotidianos es evidente desde los primeros poemas de Vida doméstica ("El contrato", "Regalos de bodas", etc.) se acentúa a partir de la sección segunda: "Nido", de la que el poema inicial sirve como antesala de la noción de descomposición y putrefacción que habita la vida doméstica. Los objetos domésticos hacen juego, pues, con este escenario de decadencia. El triunfo del objeto sobre el sujeto se metaforiza en la imagen cristalizada del vaso vacío, del espejismo de una trasparencia que no es tal:




    Un espejismo cristalizado 
    de la sed es el vaso; 
    palacio límpido con un foso
     sin puente, resbaladizo.
     Deseo insaciable de nada.
    Salvo el aire.
     Allí es leve lo pleno 
    y lo hueco es grave. 
    Bebo vidrio del vaso vacío ("Vaso", 74)





    En el poema "Incubadora" se proyectan estos procesos de despersonalización a la irrupción de los artefactos tecnológicos y a la vida doméstica contemporánea. Cuando la poesía repele lo excepcional y lo intercambia por la vulgaridad, produce un efecto insoportable de obscenidad en el exceso de la cotidianidad sin intermedios. Para utilizar una expresión de Baudrillard para referirse a estos tiempos: "Lo real no se borra en favor de lo imaginario, se borra en favor de lo más real que lo real: lo hiperreal" (1984: 9). El sistema enumerativo de catálogo técnico que ofrece el texto explicita en su último enunciado el temor, la repulsa, el miedo, que ese sistema ofrece ante la fragilidad de un nacimiento prematuro y de la vida como artificio:



    1. Válvula 2. Regulador 3. Termostato 4. Deflector
    5. Generador de aire
    6. Lámpara



    7. Cajón
    8. Cubeta húmeda
    9. Doble pared
    10. Doble fondo
    11. Prematuro
    00000000000000("Incubadora", p. 83)



    Por eso, no es extraño que el sujeto se vea metaforizado en los mismos objetos para advertir su vaciedad, el desencanto ante la pérdida de certezas, que es fundamentalmente la pérdida de un sistema representativo coherente. Ante la nostalgia de su vacío no encuentra nada con qué llenar ese vacío, pues el sujeto no es más que una ilusión detrás de la cual resplandecen los objetos que se apropian de la identidad. En lugar de los objetos no se propone al sujeto, sino la expansión, la hiperinflación del objeto mismo, ante el cual ya no existe ni el derecho a la interrogación:

     "Mi vida soy una taza sin asa.
     Perdí mi asidero,
    el signo interrogante
    como van gogh su oreja.
     Fuera de eso estoy íntegro, de frágil porcelana, pero sin una rajadura..." ("Taza").



    Esta preocupación por lo objetual resulta uno de los elementos más interesantes de la poesía de Millán, en especial en las secciones "Refrigerador" y "Automóvil". Estos nuevos "nombres de la era" permiten un tratamiento complejo y no unilateral de la crítica de la modernidad, en la reiteración mecánica de la fascinación por la "modernolatría" de los objetos tecnológicos, en una nueva forma de religión, cuyos escenarios pueden consistir en los ritos compulsivos de abrir una y otra vez una puerta de un refrigerador ("Refrigerador"), visto como el nuevo gran libro ("Libro blanco"), o la caja de caudales de los alimentos ("Ave rapaz").


    Seguramente no existe en toda la poesía chilena precedente una similar preocupación por la cultura tecnológica y los problemas derivados del intercambio comercial en la sociedad postindustrial, por los objetos percibidos no desde la repulsa romántica o la exaltación futurista, sino desde una atracción perversa que se mueve en dos direcciones: ya como crítica de la sociedad de consumo y sus engaños:

     "Nos reímos de nuestros antepasados, 
     los indios porque cambiaban 
    sus piedras preciosas, oro y perlas
     por espejos, campanas y abalorios. 
     En otro siglo y en mayor escala 
    seguimos cambiando como ellos, 
     bosques, minas, pozos de petróleo 
    por toyotas, telesencolores, refrigeradores..." ("Trueque")


    Ya como desplazamiento de los elementos del erotismo femenino hacia una curiosa forma de erotismo tecnológico:

    "Digo triunfalmente al objeto 
    codiciado: -Eres mío ahora. 
    El objeto impenetrable, opaco 
     me objeta: -Me compras, 
     pero no has pagado mi secreto" ("El objeto").


    Si el modelo narrativo privilegiado por el minimalismo es el microrrelato, en la poesía es el poema breve, tan en uso a mediados de siglo. El poema "El viejo poney" irónicamente alude al poema breve (el epígrafe contribuye a esta actitud irónica: "¿Por qué eres tan breve?" F. Hölderlin, Die Kürze) como caballito de batalla de toda una promoción de escritores; convertido ahora en verdadera pieza de museo. El texto se construye como una revisión del poema breve cabalgado en todas las épocas, incapaz ya de resistir nuevos galopes, ansioso de reposo, pienso y abrevadero:



    El poema breve ha sido nuestro
     caballito de batalla. El viejo
    poney hoy yace reventado
    por el uso y el abuso
     de sus obsesos y obesos jinetes.

    Lo cabalgaron epigramáticos
     caballeros de todas las layas;
    Ezra hasta marearse girando
     en el secular carrusel chino;
     Bertoldo, el didascálico bávaro
     partió en él montado al exilio.

    Desmóntalo antes que se te muera;
     que paza libre y expire en paz
    en una cancha de fútbol suburbana
     resoplando brizna polvorienta
     cerca de unas carpas de gitanos.

    Y cuando el infeliz penco muera,
     disequémoslo, relleno de aserrín
    para que se retraten en plazas niños
     ecuestres y viejos poetas mirando
     la cámara sobre sus lomos,
     con ojos de vidrio triste y verde.

    Después medio mundo
     lo ha cabalgado y hecho galopar
     sin reposo, pienso ni abrevadero.



    Lo interesante es que a partir de la promoción de Millán se comienza a producir una voz poética centrada en la mirada. Con Hahn, Millán, Silva, surge una poesía que tiende a la ausencia del yo, y que es recuperada sólo en sus últimos libros cuando se han introducido variables nuevas al curso poético, provocadas por nuevas formas de testimonialismo. El sujeto de la poesía de los sesenta parece construir cuadros, y su lectura implica un gesto visual. Por lo mismo, la figura del poeta aparece frecuentemente como la de un operador semiótico que suele desplazar su propia individualidad el lenguaje y la escritura, o bien como un transeúnte que contempla más que actúa. Las estrategias discursivas provocan un modo de representación de la realidad donde la ambivalencia y las relativizaciones ponen en tensión la idea del sujeto como centro de referencia de la escritura. La presencia de fronteras indeterminadas hace que frecuentemente los textos se establezcan en un territorio de nebulosas y ambigüedades, donde el mismo sujeto intenta precariamente situar su lugar en el paisaje.

    miércoles, 14 de noviembre de 2012

    La revista Avance y la vanguardia literaria cubana



    La Revista de Avance (1927-1930), no fue una simple publicación de inicios del siglo XX; con su carácter renovador logró actualizar la cultura literaria, plástica y musical de los cubanos.


    Su aparición marca un hito en la ruptura con el academicismo en la pintura y simultáneamente refleja una cubanía nutrida de toda la contemporaneidad y nuevos aires que demandaba la época.

    Con la Exposición de Arte Nuevo que presenta esta publicación en 1927 se destaca el movimiento vanguardista en la plástica más que como escuela independiente, como una amalgama de expresión y sentimientos que reflejan la rica mezcla que compone nuestro carácter.

    En sus páginas estaban los nuevos y viejos valores de esta rama de las artes: Eduardo Abela, Rafael Blanco, Carlos Enríquez, Víctor Manuel, Antonio Gattorno, Hernández Cárdenas, Ramón Loy, Hurtado de Mendoza, Domingo Ravenet, Massaguer, Jaime Valls, Romero Arciaga, Angelo, Enrique Riverón, Castanno, Segura, Sabas, Marcelo Pogolotti, Fidelio Ponce, Wifredo Lam, Amelia Peláez, Jorge Arche, Domindo Ravenet, entre otros.
    La revista, publicada inicialmente con carácter quincenal y mensualmente después, puede destacarse como núcleo también de la vanguardia literaria cubana.


    El primer número nace el 15 de marzo de 1927. En realidad el título original de la publicación se corresponde con los sucesivos periodos en que ve la luz, variando de año en año (1927, 1928, 1929 y 1930), de acuerdo con el deseo de impulso advertido en el Nro. 1: «No que creamos que 1927 signifique nada, sin embargo, el año que viene, si aún seguimos navegando, pondremos a la proa “1928” y al otro, “1929”; y así ... ¡Queremos movimiento, cambio, avance, hasta en el nombre!...».

    La Revista de Avance se afirma como un órgano medular de renovación estética y literaria, convirtiéndose en un referente obligado para indagar en la historia cultural cubana. Alejo Carpentier, Jorge Mañach, Martí Casanovas, Francisco Ichaso y Juan Marinello fueron sus editores, sin dudas figuras insignes del panorama literario en la isla.

    De sus cincuenta números merecen subrayarse los dedicados a Ramón Gómez de la Serna, a México y sus escritores, a José Martí, a Waldo Frank y un homenaje póstumo a José Carlos Mariátegui, con quien tuvieron una vinculación muy directa por razones ideológicas y artísticas.


    Firmado por los miembros del equipo editorial, la sección «Directrices» incorpora investigaciones sobre los aspectos culturales o cualquier otro asunto de interés. En «Letras extranjeras» destacan los más notables acontecimientos de actualidad en la literatura no hispánica. Se cubren las noticias literarias del Continente Americano con el capítulo «Letras hispánicas».

    Entre algunos de los colaboradores más frecuentes figuran Agustín Acosta, Mariano Brull, Alfonso Hernández Catá, Félix Pita, Regino Pedroso o Enrique José Varona. También aparecen trabajos de destacados intelectuales extranjeros. Desempeñan un significativo papel en la divulgación de la música y las artes plásticas. El pintor cubano Carlos Enríquez es uno de sus ilustradores.

    La Revista de Avance se entronca con una inquietud de afirmación nacional, por lo que una de las vertientes exploradas en ella es la poesía negra. Los vanguardistas cubanos ponen en marcha una simbiosis entre la tradición africana y la modernidad bajo el soporte de los trabajos etnográficos de Fernando Ortiz y los cuentos folklóricos de Lydia Cabrera. Se último número data del 15 de septiembre de 1930.<


    Lydia Cabrera es la persona que mejor ha descrito las creencias y prácticas de las religiones africanas traídas a Cuba por los negros esclavos. En la isla la religión más aceptada por la sociedad siempre ha sido el catolicismo pero son las religiones africanas las dueñas de la devoción. Debido a su falta de aceptación y considerarse creencias inapropiadas, por mucho tiempo se clasificaron de ocultismo y por tanto tabú. Lydia Cabrera las trajo a la luz, las presentó como son, terminando con la incredulidad.
    Entre sus libros encontramos algunos de cuentos. Leyendas de la sociedad negra en Cuba pasadas de padrinos a ahijados de gran valor cultural y religioso. Uno de sus libros El Monte es considerado La Biblia por muchos creyentes.

    Nacida en Nueva York, sus padres regresaron a Cuba cuando aun era pequeña. Desde los catorce años ya se publicaba en los periódicos de La Habana bajo el seudónimo de Nena. Durante su juventud vivió un tiempo en París. Colaboró en muchas publicaciones cubanas y francesas. De los escritores contemporáneos cubanos, posiblemente Lydia Cabrera sea la más aclamada y reconocida por el público. Con respecto a estudios en la cultura Afrocubana, Lydia Cabrera, es la última palabra.

    A partir del reconocido origen de la literatura cubana, desde el poema épico Espejo de Paciencia,7 hay en nuestras letras un incipiente criollismo, muestra de la nueva realidad económica, política y social de Cuba en el siglo xvii en la que aparece ya el componente africano. Lo criollo en el poema de Balboa incluye ya una visión realista de la presencia del negro en la literatura cubana, primicia de lo que en siglos posteriores sería considerado como costumbrismo. (Varios, 1983:33)
    El negro y su mundo: mitos, costumbres, religiones, surgen con mayor fuerza en la narrativa cubana a partir de los cuadros costumbristas que se dan a conocer desde fines del siglo xviii en la prensa habanera, específicamente en el Papel Periódico de La Havana (1790). No es hasta la década de los años 30 del siglo xix que brotan obras narrativas breves, tales como Una Pascua en San Marcos, de Ramón de Palma, El Ranchador, de Pedro José Morillas y El Niño Fernando, de Félix Tanco, en las que el negro aparece representando a esclavos, criadas, caleseros, guardieros.
    «En el siglo xix lo popular descansó en la décima, llevando los caracteres del ambiente y de las razas que luego serán huellas de nacionalismo, si los consideramos dentro de las fórmulas sociales definidas». (Guerra, 1938) El texto-disertación hace referencia a la obra poética del escritor cubano Manuel Cabrera Paz, y expone las particularidades de los versos, en los que la voz del negro aparece como protagonista en cautiverio, como tipo de la época.
    Esta impresión del costumbrismo del siglo xix constituye un antecedente primordial de lo que después sería la literatura negrista del siglo posterior. Decimos antecedente porque el negro es visto por el costumbrismo desde una óptica que responde a los intereses y preocupaciones de los blancos; por eso aparecen en estas breves narraciones como personajes estereotipados y estigmatizados, hechos que luego el naturalismo refleja de una manera más integradora.

    A partir del naturalismo y en las dos primeras décadas del siglo xx comenzaría a darse una visión más directa y realista, como expresión del esencial proceso de integración etnocultural que iba aconteciendo, en el que subyacen nuevas formas de explotación y de discriminación, otras variantes de las injusticias y fraudes de los poderosos para enriquecerse y mantener sus privilegios.

    Ya a partir de la tercera década del siglo xx, en el marco de consolidación de la cultura nacional cubana, el tema negro alcanza rango preponderante, acontecimiento evidente en las primeras producciones poéticas de Nicolás Guillén: Motivos de son (1930) y Sóngoro Cosongo (1931); así como en Emilio Ballagas, Ramón Guirao, José Zacarías Tallet, entre otros.

    Muchas de estas obras fueron recogidas en antologías poéticas como las preparadas y prologadas por Ballagas: Antología de la poesía negra hispanoamericana (1937) y Mapa de la poesía negra americana (1946); y la de Guirao: Órbita de la poesía afrocubana 1928-37 (1938).

    En el campo de la narrativa se destacan las novelas ¡Ecue-Yamba-O! (1933), de Carpentier; El negrero (1933), de Lino Novás Calvo; Caniquí (1935), de José Antonio Ramos, El negro que se bebió la Luna (1937), de Luis Felipe Rodríguez y ...

    Entonces aparecieron también antologías de cuentos como: Cuentos contemporáneos (1937); el libro de leyendas ¡¡Oh, mío Yemayá!! Cuentos y cantos negros (1938), de Rómulo Lachatañeré; Cuentos y leyendas negros de Cuba (1942), de Ramón Guirao; Cuentos negros de Cuba (1940) y Porqué...Cuentos negros de Cuba (1948), de Lydia Cabrera; Cuentos populares cubanos, en dos tomos (1960 y 1962), de Samuel Feijóo.

    El auge de los estudios folklóricos también favoreció un aumento en las producciones de carácter litúrgico, que, en su mayoría, realizaron interesantes acotaciones sobre la presencia africana en la cultura cubana. En este sentido sobresalen: Manual de Santería (1942), de Rómulo Lachatañeré; El Monte (1954), de Lydia Cabrera; Diálogos imaginarios (1979), de Rogelio Martínez Furé.

    Esta literatura, tanto la historiográfica, la asociada a contenidos litúrgicos y la artístico-literaria afiliadas al tratamiento del tema del negro, entrañan un acercamiento consciente a la vida sociorreligiosa, a la cultura, a las costumbres, en fin, a los componentes identitarios asumidos en toda la herencia cultural africana.

    El influjo del componente africano se transmitió en Cuba, principalmente, mediante la tradición oral, que recogía un considerable número de mitos y leyendas, conocidos como patakíes y kutuguangos. Los escritores cubanos que integraban la corriente negrista -y en particular Lydia Cabrera- se ocuparon, en gran parte, de aunar la tradición folklórica de origen africano a través de la inclusión, en sus páginas, de patakíes y kutuguangos.

    La cultura africana posee un riquísimo corpus de mitos que se ha transmitido de generación en generación. Estos relatos de carácter religioso reciben el nombre de patakíes o kutuguangos, y los patakíes son los mitos recogidos por la tradición folklórica de ascendencia lucumí; mientras los kutuguangos, pertenecen entonces al complejo mítico de filiación bantú.


    Como sucede en todas las mitologías, tanto los patakíes, como los kutuguangos, nos obligan a retroceder cronológicamente hasta los tiempos aurórales, y representan el sagrado momento de los orígenes del mundo y de la especie humana. Los fieles no consideran estas narraciones como cuentos, por el contrario, para ellos constituyen una realidad plena: la verdad más profunda, primordial y última.

    Los mitos explican los fundamentos del universo y de los seres que lo pueblan. Al recitar los mitos el hombre actual reconstruye la era fabulosa de los dioses y los héroes. Al "vivirlos" (o "re-vivirlos") religiosamente hablando, es decir, al recobrar la memoria del grupo, se sale del tiempo profano y cronológico para entrar en un tiempo "místico", repleto de energía vital y de prodigiosa fecundidad. La resurrección (por vía narrativa) de esa realidad prístina, original, permite que se justifiquen y reglamenten las creencias, que se garantice la eficacia de los mitos y que se establezca la tabla de valores que debe guiar la existencia humana.


    Alejo Carpentier


    (La Habana, 1904 - París, 1980) Novelista, narrador y ensayista cubano con el que culmina la madurez de la narrativa insular del siglo XX, además de ser una de las figuras más destacadas de las letras hispanoamericanas por sus obras barrocas como El siglo de las luces.


    Sobre su biografía existen varias lagunas y contradicciones dada la desigual información de la que se dispone. Según el propio autor, nació en La Habana, fruto del matrimonio de un arquitecto francés y una pianista rusa, y se formó en escuelas de Francia, Austria, Bélgica y Rusia. Tras su muerte, sin embargo, se empezó a documentar una muy distinta biografía que situó el nacimiento del autor en Suiza, procedente de una familia humilde que emigró a Cuba instalándose en el pueblo de Alquízar, donde el futuro escritor trabajó como repartidor de leche.


    Lo que sí está fuera de dudas es que Carpentier inició su actividad literaria en simultáneo con la musicología, su otra vocación de toda la vida en la dirección de la revista Carteles, entre 1924 y 1928. Además, colaboró en la fundación de la Revista de Avance, en 1927. En 1928 fue encarcelado bajo la dictadura de G. Machado y a la salida huyó de la isla, hasta que regresó a ella, tras un exilio en París de prácticamente una década. De este período fue su primera obra, Ecué-Yamba-O (publicada en 1933, aunque al parecer la escribió ya en 1927), una novela de temática negra con la que Carpentier inauguró su carrera como escritor.

    En 1944 se trasladó a Caracas, donde vivió varios años, dedicándose al periodismo radiofónico y ejerciendo también de profesor universitario y columnista en diarios y revistas, mientras realizaba una interesante difusión de la música contemporánea. Luego de una temporada en Haití, regresó a Cuba tras la Revolución castrista y ocupó varios cargos oficiales hasta que en 1966 fue nombrado embajador en París, donde permaneció hasta sus últimos días.

    Su actividad literaria, aunque iniciada en 1933, no tuvo continuidad hasta 1944, año en que vio la luz una compilación de cuentos titulada Viaje a la semilla. Escribió también antes de su siguiente novela un ensayo titulado La música en Cuba (1946). Finalmente, en 1949, apareció uno de sus trabajos literarios más emblemáticos: El reino de este mundo, un ejercicio de excelente rigor histórico, como serán en adelante la mayor parte de sus obras, en el que Carpentier narró un episodio del surgimiento de la república negra de Haití. Precisamente en el prólogo de esta novela, el autor expuso la tesis que definía "lo real maravilloso".

    Su definitiva consagración como escritor llegó sin embargo con Los pasos perdidos (1953) novela en la que un musicólogo antillano que reside en Nueva York, casado con una actriz, es enviado a un país sudamericano con el encargo de rescatar y encontrar raros instrumentos.

    En el viaje lo acompaña una amante francesa, que parece representar la decadencia europea y a la que el musicólogo abandona por una mujer nativa a través de la cual entra en contacto con la vida de una comunidad indígena, de donde es rescatado y llevado de nuevo a una civilizada ciudad a la que no llega jamás a adaptarse, hasta que regresa a la selva. Un relato abstracto e irreal donde se funden los conocimientos y la inteligencia del autor con las imágenes más profundas de su expresión literaria.

    Más tarde llegó El acoso (1956), tras su experiencia en Venezuela, una novela corta de temática entre política y psicológica, donde se refleja fielmente el círculo de represión y violencia de la Cuba anterior a la Revolución, en la década de 1950, aunque no fue una novela documental: en esta obra los episodios se suceden en coincidencia con los cuarenta y seis minutos que dura la interpretación de la Sinfonía Heroica de Beethoven.

    Le siguió el volumen Guerra del tiempo (1958), donde el autor reunió tres relatos que suponían otras tantas variaciones sobre el tiempo en una ambientación pretérita: Camino de Santiago, una reedición de Viaje a la semilla y Semejante a la noche.Fueron tres breves incursiones de Carpentier en el mundo de lo fantástico y de la ficción, protagonizadas por la irreversibilidad de lo ocurrido. Posteriormente, regresó a la novela histórica con El siglo de las luces(1962), ambientada en Francia y las Antillas en el período de la Revolución Francesa.

    En esta obra narró la peripecia de un personaje llamado Víctor Hugues que llevó a la isla de Guadalupe la ideología de los revolucionarios franceses y también la guillotina. Una novela cautivante que confirmó el poder de convocatoria visual de su autor, en la que presenta personajes y ambientes lejanos en la historia y los acerca al lector atrapándolo en un asombroso tejido verbal.

    A esta célebre novela siguió Concierto barroco (1974), una obra breve donde reconstruyó con minucioso detalle y estricto rigor histórico y musicológico, el viaje de un criollo por la Europa dieciochesca, acentuando la funcionalidad de la música en su narrativa, ya que el libro está organizado y estructurado sobre fundamentos musicales, y el mismo año El recurso del método, en la que recrea la imagen del tirano ilustrado, en versión latinoamericana.

    Cronológicamente se sitúa luego La consagración de la primavera (1978), novela en la que recreó una historia ambientada en tiempos de la Revolución Cubana y que había anticipado en forma de relato breve en Los convidados de plata (1973). La consagración de la primavera muestra su proceso autorreflexivo acerca de las revoluciones, a lo largo de un período que abarca desde la soviética hasta la castrista, incluyendo los hechos de Playa Girón, y donde además aparecen la Guerra Civil española y los ecos de la Segunda Guerra Mundial. Finalmente,El arpa y la sombra (1979), supuso una visión desmitificadora de Cristóbal Colón a través del relato de una íntima confesión en la que el Almirante, a las puertas de la muerte, decide hacer una especie de inventario de sus hazañas y debilidades.

    En su totalidad, la narrativa de Carpentier no se caracterizó por los análisis psicológicos, dada la vastedad de una propuesta que planteaba más bien la diversidad de lo real. No mostró por tanto con excesivo detalle los aspectos de la vida individual, más allá de arquetipos como el Libertador, el Opresor o la Víctima. Su propósito central fue acaso cambiar la perspectiva del lector, trasladarlo hasta un universo más amplio, un cosmos donde la tragedia personal queda adormecida dentro de un conjunto que, aun siendo sencillo, es mucho más vasto y profundo.

    Cabe recordar también sus títulos teóricos, tales como Tientos y diferencias (1964), Literatura y conciencia política en América Latina (1969) y Razón de ser (1976), ensayos recogidos en un volumen publicado póstumamente en La Habana, precisamente bajo el título genérico de Ensayos(1984). En 1977 se le concedió el Premio Cervantes.